Compartimos una reflexión del Padre Mujica:
“Algunas personas dicen “no soy violento”. Pero la Iglesia siempre justificó la violencia justa y condenó la injusta. Es decir que ser no violento no significa ser pasivo, sino denunciar la violencia del sistema aceptando que recaiga sobre uno. El cristiano puede o no estar dispuesto a matar (y esto por razones de conciencia, de información o de ideología; o sea a responder o no con violencia la violencia que se sufre). Pero lo que no puede dejar de ver es que debe estar dispuesto a morir y esto es clarísimo (…)
El problema de la violencia no es un problema virginal: ‘a mí no me gusta la violencia’ (…) El problema es que yo no puedo quedarme pasivamente tranquilo ante la situación de terrible violencia institucionalizada que estoy viviendo, porque si lo hago, soy un asesino de mi pueblo que se está muriendo de hambre. Ése es el problema (…) Le decían a monseñor De Nevares en sus visitas pastorales: ‘Monseñor, queremos entregar nuestros hijos al Estado, porque no queremos verlos morir de hambre en nuestros brazos’. Y yo me pregunto, ¿qué es peor? ¿Que a mi hijo lo maten de un tiro, o que lo vea languidecer poquito a poco, y lo lleve a un hospital y no me lleven el apunte, y no tenga plata para comprarle los remedios... Porque así se presenta el problema de la violencia. Todos los días se van extinguiendo, van muriendo hermanos nuestros como fruto de la explotación (…) ¿No es violencia institucionalizada, acaso, la que sufre el obrero que apenas reúne 40.000 pesos mensuales, al tener que pagar el precio de la leche, la carne o el azúcar? ¿No es violencia institucionalizada el aumento cada vez más alarmante de mortalidad infantil, demostrada en las últimas estadísticas oficiales? Este aumento se explica, entre otras razones, porque muchos trabajadores están imposibilitados de pagar los medicamentos indispensables para la vida de sus hijos. Si alguien duda de esta afirmación, que baje a una de las numerosas Villas Miseria, higiénicamente bautizadas Villas de Emergencia, que representan el subconsciente de Buenos Aires. Ellas son la más contundente expresión de la violencia institucionalizada que padece el pueblo, al tener conciencia de que ahí, en la ciudad, hay más de cien mil departamentos vacíos (…) Ahora bien, seamos honestos, ¿esto configura o no un estado de violencia institucionalizada? ¿Cómo no explicarse, entonces, que surja, como consecuencia inevitable, la respuesta violenta que puede llevarnos, si las causas que la engendran no son removidas, a un baño de sangre entre argentinos? Algo que, ciertamente, el pueblo no quiere (...) No será calificando de asesinos a los que responden con violencia a la violencia del régimen, como lograremos la verdadera paz, la que, como lo señala Pablo VI, es fruto de la Justicia”"
“Algunas personas dicen “no soy violento”. Pero la Iglesia siempre justificó la violencia justa y condenó la injusta. Es decir que ser no violento no significa ser pasivo, sino denunciar la violencia del sistema aceptando que recaiga sobre uno. El cristiano puede o no estar dispuesto a matar (y esto por razones de conciencia, de información o de ideología; o sea a responder o no con violencia la violencia que se sufre). Pero lo que no puede dejar de ver es que debe estar dispuesto a morir y esto es clarísimo (…)
El problema de la violencia no es un problema virginal: ‘a mí no me gusta la violencia’ (…) El problema es que yo no puedo quedarme pasivamente tranquilo ante la situación de terrible violencia institucionalizada que estoy viviendo, porque si lo hago, soy un asesino de mi pueblo que se está muriendo de hambre. Ése es el problema (…) Le decían a monseñor De Nevares en sus visitas pastorales: ‘Monseñor, queremos entregar nuestros hijos al Estado, porque no queremos verlos morir de hambre en nuestros brazos’. Y yo me pregunto, ¿qué es peor? ¿Que a mi hijo lo maten de un tiro, o que lo vea languidecer poquito a poco, y lo lleve a un hospital y no me lleven el apunte, y no tenga plata para comprarle los remedios... Porque así se presenta el problema de la violencia. Todos los días se van extinguiendo, van muriendo hermanos nuestros como fruto de la explotación (…) ¿No es violencia institucionalizada, acaso, la que sufre el obrero que apenas reúne 40.000 pesos mensuales, al tener que pagar el precio de la leche, la carne o el azúcar? ¿No es violencia institucionalizada el aumento cada vez más alarmante de mortalidad infantil, demostrada en las últimas estadísticas oficiales? Este aumento se explica, entre otras razones, porque muchos trabajadores están imposibilitados de pagar los medicamentos indispensables para la vida de sus hijos. Si alguien duda de esta afirmación, que baje a una de las numerosas Villas Miseria, higiénicamente bautizadas Villas de Emergencia, que representan el subconsciente de Buenos Aires. Ellas son la más contundente expresión de la violencia institucionalizada que padece el pueblo, al tener conciencia de que ahí, en la ciudad, hay más de cien mil departamentos vacíos (…) Ahora bien, seamos honestos, ¿esto configura o no un estado de violencia institucionalizada? ¿Cómo no explicarse, entonces, que surja, como consecuencia inevitable, la respuesta violenta que puede llevarnos, si las causas que la engendran no son removidas, a un baño de sangre entre argentinos? Algo que, ciertamente, el pueblo no quiere (...) No será calificando de asesinos a los que responden con violencia a la violencia del régimen, como lograremos la verdadera paz, la que, como lo señala Pablo VI, es fruto de la Justicia”"

No hay comentarios.:
Publicar un comentario